Biosfera 2: el experimento que quiso recrear la Tierra y terminó como Gran Hermano

¿Sería la especie humana capaz de colonizar un nuevo planeta? Obviemos las dificultades de encontrarlo y llegar hasta él. Quizá esa fuese la parte más fácil. ¿Podríamos conquistarlo? ¿Podría un puñado de personas, los primeros colonos, convivir en un hábitat cerrado y hermético, trabajando juntos para sobrevivir y prosperar?

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Son preguntas para las que la exploración espacial, antes o después, necesitará respuestas y llegado el momento, cuanto más sepamos, mejor.

Sí, es cierto que aún falta mucho para ese momento, décadas quizá. Pero ya llevamos algo de trabajo adelantado. Y ya que hablamos de ello, las respuestas no son todo lo optimista que querríamos pensar. El experimento más famoso hasta la fecha en este sentido tuvo lugar en los años 90, y no fue un proyecto exitoso, aunque sí tuvo un final feliz. Se llamó Biosfera 2, fue espectacular y polémico y terminó, casi literalmente, a tortas.

El mayor ecosistema cerrado jamás construido

“Motivados por la misión espacial Apolo, los creadores de Biosfera 2 pensaron que si ya habíamos llegado a la Luna, el siguiente paso sería vivir en la Luna, o en Marte, o en otro cuerpo de Sistema Solar. Así que trataron de desarrollar la tecnología para hacerlo posible”, explica Matt Adamson, director de educación Biosfera 2, en la Universidad de Arizona.

Motivados por la misión espacial Apolo, los creadores de Biosfera 2 pensaron que si ya habíamos llegado a la Luna, el siguiente paso sería vivir en la Luna, o en Marte, o en otro cuerpo de Sistema Solar

En medio de Arizona, al pie de las montañas de Santa Catalina y ocupando más de una hectárea de superficie, se levantó a finales de los 80 un inmendo edificio parecido a un invernadero. Se trataba de una estructura hermética construida en acero y cristal en el que se introdujeron algunos de los ecosistemas más representativos de la Tierra: una selva, un océano, un desierto, un manglar, una sabana… Además de 2.500 metros de tierras cultivables y dependencias para la vida humana, como dormitorios y oficinas.

Se consideró el mayor ecosistema cerrado jamás creado, y tendría el objetivo de estudiar la red de interacciones formadas entre todos sus elementos, así como la relación entre el hombre, la agricultura, la tecnología y su entorno. En definitiva, todo lo que sería necesario saber en caso de querer llevar nuestra vida a otro planeta. El proyecto fue puesto en marcha por la compañía Space Biosphere Ventures y los 150 millones de dólares de financiación fueron puestos sobre la mesa por el multimillonario del petróleo Edward Bass.

No fue solo una importante apuesta científica: también una obra de ingeniería llena de desafíos. La estructura tenía que ser lo más hermética posible, pero a su vez tenía que aguantar los cambios de volumen del aire al calentarse y enfriarse. La solución fue diseñar un edificio que crecía durante el día y encogía por la noche, gracias a unos diafragmas en las bóvedas. Además, potentes aparatos de refrigeración mantenían la temperatura controlada según las necesidades de cada ecosistema (consumiendo por el camino una gran cantidad de energía).

Bajo la atenta mirada mediática y cargados de optimismo, en septiembre de 1991 ocho tripulantes se adentraron en Biosfera 2 (Biosfera 1 sería la propia Tierra) y cerraron la puerta tras ellos. Allí dentro pasaron dos años, buscando y cultivando alimentos, analizando la evolución química del aire y del agua y siendo a su vez observados para estudiar su estado físico y psicológico durante el experimento. Los hábitats representados debían ser capaces de reciclar el aire y mantener un clima sostenible para el ser humano.

Poca comida, poco oxígeno, muchos problemas

Aguantaron los dos años de la misión, pero no fue lo que llamaríamos una experiencia idílica. Aunque lograron cosechar entre otros plátanos, cacahuetes y batatas, la sensación de hambre fue constante. Eran ocho, y llevaban una vida muy activa. La comida, simplemente, no era suficiente.

Los niveles de oxígeno también fueron un problema. Debido a que fue un periodo de tiempo inusualmente nublado para la región, las plantas del interior de Biosfera 2 redujeron su actividad fotosintética. A esto se unió que el suelo enriquecido para los cultivos estaba sobrepoblado de bacterias que también consumían oxígeno. Pasados unos meses, la cantidad de oxígeno dentro del hábitat era equivalente al de una altura de más de 4.000 metros de altura. La situación se volvió crítica y Roy Waldorf, el médico el grupo, tuvo que pedir en dos ocasiones una inyección de oxígeno adicional.

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La primera tripulación de Biosphere 2

Problemas alimentarios y respiratorios, pero sobre todo, muchos, muchos problemas personales. El planeta en una botella, como lo bautizaron los medios en su momento, fue una fuente de conflictos. Los habitantes de la esfera se dividieron en dos bandos y se acusaban de robar y acumular comida. Todo mientras seguían intentando recopilar datos de cómo era vivir en una atmósfera cerrada. Efectivamente, aquello era como una edición especial de Gran Hermano de temática científica.

En septiembre de 1993, los ocho tripulantes salían al exterior, habiendo perdido de media un 15% del peso que tenían al entrar. El océano se había acidificado y la composición del aire se había alterado

También los ecosistemas y sus componentes tuvieron algunos problemas: los peces morían en masa, lo que atascaba los sistemas de filtrado de aguas; unos niveles de condensación inesperados hicieron del desierto un entorno excesivamente húmedo; por algún motivo, la población de hormigas y de cucarachas creció desorbitadamente, igual que las enredaderas de la selva tropical, que llegaron a bloquear a las demás especies vegetales que las rodeaban.

En septiembre de 1993, los ocho tripulantes salían al exterior, habiendo perdido de media un 15% del peso que tenían al entrar. El océano se había acidificado y la composición del aire se había alterado. De las 25 especies de animales vertebradas que se habían introducido dos años antes, solo quedaban ejemplares de siete.

Una segunda misión que duraría cien años… y duró cuatro meses

Tras un periodo de transición de seis meses, en marzo de 1994 entraban los siguientes siete conejillos de indias. Eran cinco hombres y dos mujeres, y todos irían siendo sustituidos a intervalos desiguales. La idea era mantener un experimento continuo durante cien años, poniendo esta vez el foco más en la ecología y menos en la psicología y el comportamiento. Pero ya desde el principio de esta segunda misión la situación era tensa desde el principio que no solo no duró esos cien años, sino que apenas se sostuvo durante unos meses.

La idea era mantener un experimento continuo durante cien años, poniendo esta vez el foco más en la ecología y menos en la psicología y el comportamiento

Por disputas sobre el control financiero del experimento, en abril Edward Bass echó al equipo de control fue sustituido por otro nuevo, y se impuso sobre el lugar una orden de alejamiento. Como represalia, solo unos días después, dos miembros de la primera misión fueron acusados de violar la cuarentena al abrir las puertas durante unos 15 minutos. Se calcula que en ese tiempo se renovó aproximadamente el 10% del aire del interior, echando así a perder el ecosistema hermético.

La compañía propietaria, Space Biospheres Ventures se disolvió el 1 de junio, dejando la gestión de la misión en manos del equipo que se encontraba en el área de control. El 6 de septiembre se daba por concluida la segunda misión, que fue también la última.

Cuando terminó el espectáculo comenzó la ciencia

El mundo se hizo eco del polémico final de Biosfera 2. Pero lo cierto es que aquello no fue el final. De hecho, terminadas las dos misiones y apagados los focos mediáticos, comenzó la ciencia de verdad. Tras cambiar de manos en varias ocasiones, en 2007 la Universidad de Arizona se hizo cargo de las instalaciones, que se convirtieron en un centro de investigación abierto. Se trataba de un entorno único para estudiar cuestiones como la ecología, la conservación y el cambio climático. ¿Por qué desaprovecharlo?

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“Aquí hacemos ciencia a lo grande. Biosfera 2 nos permite cruzar la brecha que separa el laboratorio del complejo mundo real, y tenemos espacio suficiente para estudiar cómo evoluciona esa complejidad con el tiempo”, asegura Adamson. Es posible, por ejemplo, elevar la temperatura global del ecosistema, y observar si como resultado los árboles emiten más o menos CO2. Información científica de este tipo es esencial ahora que el calentamiento del planeta exige estrategia y respuestas.

La evolución de los paisajes, la eficacia de los paneles solares para la recuperación de suelos, la dinámica nutricional de los arrecifes de coral, el efecto del cambio climático sobre los mecanismos de mortalidad de las plantas, la relación entre la subida de las temperaturas y la acidificación de los océanos… La cantidad de papers y ensayos científicos publicados a raíz de investigaciones realizadas en Biosfera 2, durante y después de las misiones es notable.

Pero además se ha convertido en una atracción científico-turística, que visitan miles de curiosos cada año, y no menos estudiantes de colegios e institutos. Atraídos en principio por la peculiaridad del lugar y su controvertida historia, no son pocos los que quedan encganchados tras una charla con el personal científico que allí trabaja. Se busca despertar vocaciones científicas entre los más jóvenes, y, a 20 dólares la entrada general, de paso recaudar fondos para mantener el impresionante complejo.

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Un comentario en “Biosfera 2: el experimento que quiso recrear la Tierra y terminó como Gran Hermano

  1. Ezequiel tiene la respuesta, recuperación hidrografica, mano a mano, con la nación.

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